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2- La Roma antigua: República e Imperio

Guía Turística de Roma
2- La Roma antigua: República e Imperio

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2- La Roma antigua: República e Imperio

Roma fue prosperando y desarrollándose como ciudad durante el período monárquico hasta que, con el rey Tarquino el Soberbio, acaba esta época y se inaugura otro régimen: la República. El orden social se divide entonces entre patricios y plebeyos. Los primeros era la “clase privilegiada”, la formada por jueces, magistrados y sacerdotes. Los segundos, por su parte, formaban la gran mayoría y se ocupaban del campo, el ganado y el comercio.

 

Entre unos y otros se establecía una relación de vasallaje según la cual cada plebeyo servía a una familia patricia a la que debía obediencia a cambio de protección. Cada familia noble, también llamada “gens”, podía tener numerosos plebeyos a su cargo y funcionar, por tanto, como un conjunto independiente con leyes propias, un jefe patricio y unos códigos o leyes comunes.

 

La organización social aún tenía más niveles. Cada grupo de diez gens formaba una Curia, lo que venía a ser una familia aún mucho más amplia que tenía, incluso, templo y sacerdote propios. Las Curias se reunían en la llamada Asamblea del Pueblo, donde se tomaban las decisiones que afectaban a la ciudad, siempre por medio del voto (por otro lado, lógicamente, sólo ejercido por los nobles o patricios). De forma paralela también funcionaba el Senado, formado únicamente por los jefes de cada familia. Con el tiempo, los plebeyos también consiguieron su representación gracias a los llamados tribunos de la plebe. Estas figuras lograron una pequeña representación para los menos beneficiados socialmente, quizá más simbólica que real porque las clases estaban más que definidas.

 

Aunque a la República todavía le faltaba mucho para convertirse en una democracia como la entendemos actualmente, las leyes romanas se inscribieron en tablas de hierro en el año 450 aC consiguiéndose avances sociales como, por ejemplo, la permisión de los matrimonios entre patricios y plebeyos. Estamos también en la época de la expansión de la ciudad como entramado urbano, cuando se construyeron los edificios, templos y foros (centro activo, comercial y social de Roma), además de acueductos, carreteras y sistemas sociales, incluido el legal, que siguen siendo la base de los que se utilizan en nuestros días.

 

A pesar de estos avances sociales e intelectuales en los que Roma empezó a separar su cultura de las influencias griegas que la habían acompañado desde su fundación, la ciudad no se preocupó a la hora de desarrollar su base industrial o económica. Las victorias militares eran tan constantes que Roma podía vivir holgadamente tan sólo de los botines que conseguía. Y fueron muchos.

 

El poder romano fue avanzando y ampliándose hasta dominar toda Italia tras la derrota final de Cartago en el año 146 aC. No había ningún territorio en toda la cuenca mediterránea que Roma no lograra hacer suyo, aunque antes tuvieran que sufrir derrotas y guerras tan difíciles como la Segunda Guerra Púnica, en la que el general cartaginés Aníbal llegó a atravesar toda Hispania, los Alpes y los Apeninos con su ejército de elefantes.

 

El poder romano se extendía fuera de sus fronteras, pero en el interior se estaba generando un malestar y unas tensiones que la República no parecía poder solucionar. El poder se establecía entonces en forma de triunviratos de los que, el formado por Pompeyo, Craso y Julio César, marcó el principio del fin de la República. 


Craso murió joven y mientras Pompeyo se quedaba en Roma, César inició la conquista de la Galia, llevándola a cabo con éxito. Se convirtió en un brillante comandante, pero temeroso de que, por su alejamiento, su poder en Roma se desvaneciera, intentó comprar apoyos políticos. Pompeyo no tenía intención de compartir su poder y le prohibió regresar a la ciudad. César se encontraba entonces en Egipto, donde se enamoró perdidamente de Cleopatra, lo que le hizo retrasar su regreso. Sin embargo, al volver a la ciudad, lo hizo acompañado de la princesa egipcia y el hijo de ambos. En el año 48 aC, César y Pompeyo se enfrentan en una guerra que gana el primero y aunque con el título de dictador vitalicio como nombramiento oficial, César se convierte en un auténtico rey.

 

El Senado, receloso de este poder, mandó que lo apuñalaran en el año 44 aC y un nuevo triunvirato llega entonces al poder, el formado por Octavio, sobrino de César, Lépido y Marco Antonio. El primero permaneció en Roma, el segundo marchó a África y Marco Antonio, perdidamente enamorado de Cleopatra, viajó con ella hasta Egipto para convertirse en rey allí. Mientras tanto, en Roma comienza una guerra civil por la disputa del poder entre estos tres militares que, finalmente, gana Octavio en el año 27 aC.

 

Octavio se autoproclama emperador con el nombre de César Augusto, funda el Imperio Romano e inaugura un período de paz que se esperaba desde hacía tiempo con impaciencia. La ciudad gana en prosperidad y ve cómo florecen las artes y las nuevas construcciones. Es célebre la frase de César Augusto que dice “encontré una ciudad de ladrillo y la he convertido en una ciudad de mármol”. De esta época aún pueden verse muestras en la Roma actual como el Ara Pacis Augustae.

 

El Imperio pasó épocas de todos los colores. A pesar de que el emperador Nerón incendió por completo la ciudad para suicidarse después en el año 64 dC, tan sólo cinco años más tarde comenzaba la construcción del espectacular Anfiteatro Flavio, más conocido como el Coliseo. Se construyó por orden del emperador Vespasiano, el mismo que mandó levantar el Arco de Tito en el Foro para conmemorar una de sus victorias. Entre los años 96 y 211 el Imperio romano alcanza su máximo esplendor con emperadores como Adriano, que ordena levantar sus murallas o Marco Aurelio, artífice de las principales victorias en el Danubio.

 

Roma era la capital del mundo y nada hacía presagiar entonces la decadencia que se avecinaba. Ésta comienza en el año 235, cuando las invasiones persas y germanas demuestran que el Imperio no es infalible y que puede ir perdiendo terreno. Entre los años 250 y 312 los cristianos serán perseguidos duramente en Roma, una situación que se mantiene hasta el año 330 cuando Constantino, el primer emperador cristiano, derrota a Majencio y traslada la capital oficial del imperio a Bizancio (Constantinopla desde entonces).

 

Con la división de poderes y las invasiones germánicas, al Imperio agonizaba. En el año 476 cae definitivamente el Imperio Romano y el poder pasa entonces a mano de los reyes germanos.