

El fin de
En 1976 el comunismo es la ideología líder en toda Italia, algo que otros países como Estados Unidos no veían con buenos ojos. Además, ningún partido (aunque comulgaran en ideas políticas) tenía una mayoría para gobernar con comodidad, por lo que se suceden las coaliciones en el gobierno no contribuyen a sanear la vida política del país. El estamento religioso tampoco se queda atrás. En 1978 el papa Juan Pablo I es designado nuevo pontífice, una decisión que estuvo envuelta en una gran polémica. Para agravarlo, a los pocos días de su nombramiento, el papa apareció muerto y aún a fecha de hoy se sigue dudando de las extrañas circunstancias que rodearon su muerte.
Con el nombramiento de Juan Pablo II
El crimen político y las acciones de la mafia también fueron durante tiempo elementos desestabilizadores de la vida italiana. Los flancos más sensibilizados del sector judicial del país empezó a tomar cartas en el asunto y se inició una campaña de “manos limpias” para acabar con esta situación. Numerosos ejecutivos, políticos, hombres de negocios y magistrados fueron juzgados por acciones poco claras solucionando, en parte, muchos de los problemas que afectaban al país.
Después del largo período de gobierno de Giulio Andreotti, una coalición de centro-izquierda encabezada por Romano Prodi se puso a la cabeza del gobierno en 1996. Pero también esa época ha pasado. Actualmente, el partido de derechas Forza Italia gobierna el país, con Silvio Berlusconi a la cabeza. Berlusconi tampoco parece un ejemplo de claridad en sus procesos políticos ni en su control de los medios de comunicación del país y también se ha visto inmersos en juicios por situaciones “poco claras”. Las sentencias, si bien no han convencido a todos, sí que lo han logrado con una mayoría que continúa confiándole sus votos.
En el año 2000, Roma vivió un momento de esplendor con la celebración del año del Jubileo. La ciudad recibió millones de visitantes católicos (además de los otros millones que ya tiene cada año como turistas). Lavó su imagen, mejoró sus servicios y sus espacios públicos y volvió a brillar como capital del mundo.
El turismo sigue siendo hoy en día una grandísima fuente de beneficios para Roma (y por extensión, para todo el país). La ciudad es consciente de este valor añadido y, desde hace años, ha cambiado su apuesta por el sector, mejorando en gran manera sus infraestructuras y facilitando la visita a las personas que llegan hasta aquí desde distintos rincones del planeta.
Roma es hoy una ciudad acogedora y agradable, que aún tiene puntos débiles en problemas como el tráfico, pero que ha aprendido a convivir con los turistas y a estar orgullosa de su patrimonio. No se puede perder la carrera del futuro, pero tampoco resulta fácil seguir el ritmo que impone el progreso, ya que ¿cómo construir nuevas infraestructuras cuando la mayor parte de los presupuestos siguen destinándose a conservar antiguas ruinas?. En el equilibrio está el secreto del éxito.