

Quizá por ser uno de los países más visitados del planeta, no es difícil encontrar ideas preconcebidas del carácter italiano. Y no deja de ser curioso que todo el mundo crea saber cómo son los italianos... incluso todos aquellos que nunca han pisado el país. Incluso en aquellos que nunca han pisado el país. Sobre Italia y los italianos existen muchos tópicos que, aunque no siempre sean del todo ciertos, sí que tienen un fondo de verdad que ayuda a acercarse mucho a la realidad del país y sus ciudades.
En este sentido, Roma no es una excepción. Como capital, muchos prefieren esta ciudad para vivir antes que ninguna otra, pero también provoca recelos desde el punto de vista de los privilegios que tiene frente a otras capitales, como Milán, que también son una gran fuente de ingresos y reconocimiento internacional en el exterior.
Los romanos, por su parte, parecen vivir algo ajenos a estas cuestiones políticas y administrativas. No es tanto que no les interese o que no crean que son importantes en su día a día. Es que como la solución no está en sus manos, no hay por qué perder el tiempo hablando sobre ellas. Sin embargo, que a nadie se le ocurra quitar importancia a un partido de fútbol entre los dos equipos de la ciudad, el Lazio y la Roma, o entre otro de los derbys del país: el Inter de Milán, la Juventus de Turín, etc.). El fútbol es el deporte nacional y los tifosi o hinchas italianos están por todas partes, no sólo en Roma!.
Los romanos han aprendido a vivir con la resaca de sus glorias pasadas. Ésas que se encuentran en los libros de historia y en los monumentos de la ciudad pero que, para ellos, son algo cotidiano. Y es que los millones de turistas consideran el corazón de la Antigüedad (la zona del Colosseo y los Foros Romanos) para muchos romanos no es más que el punto negro de la ciudad donde el tráfico se vuelve imposible.
Precisamente, el tráfico es una de las asignaturas pendientes de la ciudad. Recorrer el centro de Roma en coche puede ser una auténtico odisea, sobre todo, para el que llegue desde fuera y se encuentre el panorama. La conducción es agresiva, los carriles señalizados brillan por su ausencia y los semáforos no tienen la autoridad que deberían, ni para automóviles ni para peatones. Las motocicletas y las bicis se convierten en la opción perfecta en una ciudad en la que el transporte público tampoco brilla por su buen funcionamiento, a pesar de que existen numerosas líneas de autobuses y dos líneas de Metro que conectan la ciudad.
Pero no siempre se pasan tantos nervios como cuando se está conduciendo. Los romanos saben disfrutar del tiempo libre y siempre encuentran el momento para una agradable tertulia o un buen espectáculo. En invierno, los puntos de reunión son los cafés, las trattorias, los cines o la ópera para algunos círculos. Sin embargo, para disfrutar de Roma al cien por cien es mejor hacerlo al aire libre. La primavera y el otoño, cuando no hace tanto calor, son las mejores épocas para descansar en sus plazas, comer, cenar o tomar un helado en románticas terrazas, pasear por los jardines o mirar escaparates. Por las noches, continúa la fiesta y en Roma no habrá ningún problema para encontrar el ambiente que se busque, sea cual sea.
Los romanos, y las romanas, por supuesto, saben divertirse. Por lo general son alegres y comunicativos, sobre todo, los romanos a la hora de entablar conversaciones con las turistas que viajan solas... Por lo general, este "acoso” tampoco suele ser mal recibido. Es lo que tiene el carácter latino. Como suele pasar, a la hora de valorar el carácter romano hay gustos para todos. Para muchos, los romanos son flemáticos, exagerados, toscos y hasta maleducados, en ocasiones. Para otros muchos son espontáneos, alegres, astutos y muy abiertos. Probablemente las dos versiones tengan algo de verdad y todo depende del carácter del que llega a la ciudad.
En cualquier caso, nadie puede acabar de conocer Roma sin conocer a los romanos. La ciudad conserva esa atrayente dualidad que sólo tienen algunas capitales: una Roma tradicional y casi provinciana con las “célebres” mammas italianas paseando con sus hijos o los ancianos sentados al sol en las plazas, y la otra Roma moderna, la de los jóvenes a la última interesados por las tendencias, el diseño y lo más actual.
La ciudad es animada y desordenada, hasta caótica, en ocasiones. Pero se trata de un desorden natural y, muchas veces, encantador. La gloria de la Ciudad Eterna quizá queda ya muy lejos, pero ahora el momento es otro y hay que saber disfrutarlo.